lunes, 25 de agosto de 2014

Fes: orgullo y prejuicio (de mi parte!)



Después de casi dos años en Marruecos, conocí Fes.

Es cierto que esta vez se dio la oportunidad, cosa que antes no. Esto se explica porque tengo el defecto que me auto-limito bastante a la hora de viajar: siempre estoy buscando una razón para hacerlo, la “excusa”. Pero también es cierto que hasta el momento no había tenido interés en conocer la ciudad histórica. Principalmente, me desalentaban las charlas con las personas que me recomendaban ir, las cuales casi siempre se daban de la siguiente manera:

-          Tenés que conocer Fes, no puede ser que todavía no hayas ido.
-          ¿Qué es lo más interesante que tiene?
-          Bueno, para empezar, tiene la medina más grande de todo Mar…
-          FIN DE LA CONVERSACIÓN
-          ¿Eh?

Y así se dio el diálogo numerosas veces, con alguna modificación mínima.



Pero finalmente tenía que conocer Fes. La oportunidad se dio, y me sorprendió muy gratamente, refutando todos mis preconceptos. Por tratarse de un polo de atracción de turismo internacional, percibí que pudo conservar su autenticidad mucho más que otras ciudades supuestamente renombradas.  La medina, por ejemplo, que me producía un interés menos que mínimo, resultó algo inseparable a la vida diaria de la ciudad, en lugar de ser un paseo de compras estratégicamente ubicado para atraer turistas. Su presencia como centro inevitable de la ciudad, hace que uno termine ahí, en lugar de “ir a”. Los artesanos trabajan a la vista, o al menos los vendedores pueden dar una explicación creíble de la procedencia así como del como el significado o utilidad del elemento que venden. Aquí, aprender a diferenciar artesanías de baratijas, es una materia obligatoria es los cursos de supervivencia.

(Lamento desilusionar a los viajeros ávidos de exotismo, pero sí, también hay mucha baratija dando vueltas en Marruecos; no todas las alfombras vuelan, ni todas las lámparas traen un ifrit adentro).

Fes es una ciudad antigua, con relevancia histórica, un rico pasado, y una pieza clave en el armado del esquema de poder del Marruecos actual. Esa es una explicación simple, porque no quisiera ponerme a buscar definiciones y conceptos que después resultan tomados de Internet, que no vienen al caso de la anécdota de mi viaje. Las murallas, y restos de torres del siglo XIV (según me dijeron), son muestra de solidez y perpetuidad, más cuando contrastan con las antenas de televisión satelital, omnipresentes como moho en un pan. Las famosas curtiembres, cliché de los programas de televisión de viajes y turismo, tienen un aspecto “pintoresco” pero no por exóticas (fuera de contexto, solo recordaríamos el olor insoportable), sino viendo de la manera en que se integran al paisaje montañoso y urbano. Al mismo tiempo llegarían (había puesto “luego”, pero se puede hacer todo en simultáneo) los paseos por las mezquitas y madrasas, y la inolvidable visita un museo de no-se-qué, del cual siempre recordaré los alaridos del personal hacia las visitas y los 5 dirhams que me reclamaron por ir al baño a lavarme la cara…






Este viaje se basó en percepciones meramente personales, más que en los anteriores sin duda, así que no voy a poder seguir enumerando datos enciclopédicos. Con algo de espíritu crítico tengo que decir algo que pienso sobre Marruecos: encandila con sus “vidrieras” a quien llega con ánimo de visitar y vivir exotismo, pero cuando uno se afinca y el tiempo pasa, la percepción empieza a resquebrajarse, y la línea entre lo verdadero y lo falso se empieza a borrar. De Fes, una ciudad orgullosa de sí misma y su pasado, voy a guardar un recuerdo grato; porque en una etapa de cuestionamiento al lugar donde me encuentro, me permitió ver que todavía se está a tiempo para encontrar cosas nuevas que sorprendan y permitan vivir experiencias reales, lejos de las puestas en escena para turistas.



Aclaración final: No tengo nada en contra de los turistas. Hasta tengo un amigo turista. 


lunes, 21 de abril de 2014

A una ciudad del norte, yo me fui a trabajar…



La primera impresión que había tenido de Ceuta, era la de una total y absoluta pachorra.

Lo percibí por contactos telefónicos, para un negocio que nunca se concretó. Esa lentitud para responder y acusar recibo de los pedidos de quien los contacta por alguna cuestión laboral puede ser tomada al principio por desinterés; luego uno termina pensando que viven en la tranquilidad que les da estar en el mar. Después de sentirme como el capitalino que se burla de la lentitud de la que acusa a otros lugares por el sólo hecho de no tener los mismos tiempos, tras una serie de viajes por la zona, mi curiosidad me hizo cruzar las cercas hacia la ciudad que no pensaba conocer.

El cruce lo hice a pie. Ahí asimilé el hecho de estar en una frontera, muy parecida a todas las que llegué a conocer, una sensación que no me habían dado los primeros alambrados que separaban lugares iguales entre sí, solo diferenciados por el color del vehículo de la gendarmería que se encontraba a cada lado. Un tanto trágica la demora en percibirlo, si uno piensa la cantidad de muertes que cada semana esos alambres que yo no había notado significan. Sacados de contexto parecen unas cosas tan inofensivas e insignificantes…


Al cruzar, asimilé también que era la primera vez en mi vida que pisaba territorio español. Me lo fue diciendo una seguidilla de carteles, con los símbolos nacionales y regionales, y también las publicidades de los comercios. Lo primero era perfectamente entendible. Revelador era lo segundo: la exaltación de lo propio, el territorio marcado por lo privado, por lo más frío e impersonal que pueda existir: la publicidad. Pero por el momento no encontraba ninguna otra señal de algo diferente.

En verdad, las percepciones fueron por etapas. Al principio no notaba diferencia; o mas bien, era más que antes: se parecía mucho más a Marruecos (tomando como modelo tal vez a Salé) ese lado de la frontera, que el lado marroquí. Caminé por una avenida de estilo suburbano que parecía infinita, siguiendo el curso de la playa. El día nublado y oscuro no ayudó a dar una imagen amena, a una caminata que parecía no conducir a ninguna parte, o mejor dicho, a una fortaleza peninsular que cada paso parecía más lejana. Con los pasos dejaron de verse los marroquíes (al menos aquellos identificados con atuendos más o menos típicos), y empezaron a distinguirse quienes parecían o debían ser españoles.

Lo que los caracterizaba era el trote. Ver una persona corriendo, luego otra, y así, hasta llegar a creer que correr era el deporte de la ciudad, y que estaba en uno de los últimos bastiones de vida sana de este Mundo. Pensé en una masividad fomentada por la modesta arquitectura que mi mente esta descifrando en ese momento (y por los outlets de ropa deportiva también).

Sin embargo, en algún momento en que ya parecía inalcanzable, llegué al centro de la ciudad. Definitivamente, no podía quedarme con esa imagen errónea que me estaba formando. Ahí debí retirar lo dicho sobre la falta de signos de hispanidad del enclave. Los símbolos y la arquitectura presentes en cada rincón, invitando a buscar tortillas, jamón serrano, vino tinto y esos símbolos de hispanidad que uno empieza a codiciar estando del otro lado de la frontera, sin importar que tan reales sean.



El paisaje era grato, pero por alguna razón no había mucho movimiento en la calle. Parecía muy temprano (me desorientaba no saber que hora era en cada lado), pero algo parecía estar pasando que retenía a la gente, un feriado o algo de eso. El tiempo era poco y decidí emprender la vuelta, para evitar que se hiciera muy tarde, porque todavía quedaba un viaje largo. El primer recuerdo que me quedará de Ceuta, es (además del contraste de impresiones e imágenes ensambladas) el de una larga caminata y trotes hasta un lugar que no llegué a descubrir del todo. 

O, puedo ser más prosaico y decir: la próxima vez no entro sin auto.

Quedaría Ceuta para otra ocasión, lo mismo que Melilla, donde todavía no me asomé. Enclaves que en las últimas semanas se están volviendo célebres por los hechos trágicos que pasan casi todos los días, cuando los alambrados, utilería insignificante para algunos de nosotros,  son saltados por quienes no tienen otra esperanza que convencerse que todo estará mejor del otro lado.



martes, 10 de diciembre de 2013

Nelson Mandela


Este blog fue pensado originalmente como un diario de viajes, aunque a veces lo uso para escribir mis ideas sobre cosas que van pasando y que entiendo importantes.

La semana pasada murió Nelson Mandela. Lo escribo recién ahora porque (como ya expresé en varias ocasiones) estoy en contra a esa idea inculcada por las nuevas tecnologías de comunicación de que hay que pronunciarse “oficialmente” inmediatamente que ocurre algún hecho trascendente.

El caso de Mandela es sin duda importante. Son muy pocos los casos de personas consideradas próceres prácticamente a nivel mundial; hasta supuestamente venerado por quienes lo combatieron indirectamente y ahora silban por lo bajo…

Quiero ser breve. Murió un gran hombre. De carne y hueso, con aciertos y errores.
No murió la figurita banalizada y desideologizada que nos pintan los medios.
No era un estoico que disfrutaba la flagelación con sonrisa hollywoodense.
Y menos que menos, no murió un autor de aforismos para libros de autoayuda que ahora pululan por Internet.

Fue una persona que salió a luchar por defender a su pueblo. Tenía ideologías de las cuales aprendió y se contactó con otras luchas en otros países. Luchó incansablemente, teniendo que hacer cosas de las cuales luego no estaría orgulloso, y se bancó las consecuencias.

Por eso era admirable. 

Recomiendo:
 http://actualidad.rt.com/actualidad/view/113408-frases-mandela-no-encontrar-medios-eeuu



martes, 15 de octubre de 2013

Extremo norte



La que fuera durante muchos años una ciudad internacional, continua siendo una ciudad internacional… No se si eso es bueno o malo.

Llegué a Tánger en tren, pensando en espionaje, intrigas internacionales y potencias moviendo piezas en tableros imaginarios para adueñarse del Mundo. Todo esto en un ambiente (y voy a usar una palabra que como viajero empecé a odiar) exótico. Obviamente no encontré nada de eso; creo que estoy viendo demasiadas series, más que nada porque lamenté darme cuenta que eso no iba a suceder.

Bajé del tren en un día muy soleado, caminé atravesando el sonido de las diversas lenguas que entre sí hablaban mochileros jóvenes y familias con valijas. Con mi bolso y mochila, mi ropa deportiva pero yendo hacia un tema de trabajo que hasta el momento me inquietaba, no sabía bien con cual grupo debía identificarme. Mientras iba caminando hacia la salida, con el sol del mediodía norafricano todavía golpeándome en la cara, empecé a sentir el olor del mar.

Siempre me definí como un tipo de playa. Respirar hondo y sentir el aroma marino, puede hacerme olvidar, por segundos, de todos mis problemas. Por eso me alegró ver que mi hotel se encontraba frente al mar, aún cuando estaba demasiado cerca de la estación para lo que había pagado en taxi, y el viento tampoco era tanto como en otras latitudes. Allí estaba de nuevo en un lugar que me hace sentir cómodo. Una playa donde cuando se va la niebla, se ve España como si estuviera mucho más cerca de lo que está, como si fuese solo un chapuzón de distancia.






La ciudad me despertó varias sensaciones de contrastes marcados pero para nada inverosímiles. La primera, como ya había dicho antes, una sensación de familiaridad. Quizás fue estar parando en una costanera, donde un paseo obligado al anochecer era la avenida a esa hora donde el aroma de mar se mezcla con el de los cafés y restaurantes, con sus televisores encendidos entre el resumen de noticias diario y los goles de Europa; los chicos que todavía juegan en la playa y las plazas, con los bocinazos y la música de los autos que se empiezan a arrimar a los boliches. Ese horario de transición playero que me hizo recordar a momentos de juventud fue tal vez la reminiscencia más fuerte que sentí desde que vine a vivir a Marruecos, un deja vu imposible. En un entorno tan distinto fue volver a sentir algo de casa, sensación que no perdí ni cuando el ruidoso cortejo colorido acompañaba a un niño de unos cuatro años de edad que iba a caballo a su ceremonia de circuncisión.

El otro paseo imperdible (no quiero decir “obligado”) era la Medina, pasando también por la zona de la Kasbah, el viejo fuerte-ahora museo en reparación. El tumulto en calles cada vez más angostas, el aroma de las hierbas y especias mezcladas, los sonidos de los puestos de venta de cds, las perfumerías y puestos de dulces típicos. Todo en un ambiente diferente al que fue siempre mi entorno, pero nada difícil de habituarse. Los lugares se fueron haciendo imponentes con el correr de los minutos: como antes respiraba mar, ahora respiro historia; no tiene objeto tratar de distinguir entre lo que verdaderamente sucedía en esos pasillos y lo que los viajeros imaginaron encontrar. Todo eso es una sola sensación, cosas que se mezclan como pasa con la insistencia de los comerciantes y la hospitalidad de los modestos hosteles.  

Son los viejos edificios, la vieja ciudad como imagino que debe haber sido hace décadas, antes de volver a formar parte de Marruecos. Algunas construcciones imperdonablemente vacías, arruinadas y sin posibilidad de ser recicladas se encuentran listas para perderse y así construir más torres.

La gente del lugar ve con preocupación ese fenómeno. Hablando con algunos, creen que la construcción acelerada, está alterando la particularidad de la ciudad, eso que la hace tan distinta del resto. Algo de razón deben tener. Las torres avanzan, las viejas casas y edificios se van yendo, los terrenos baldíos están ya loteados. Pero si uno observa con atención, muchas torres y edificios están a medio hacer; construcciones paradas que no se sabe cuando serán reanudadas. Lo moderno deja de serlo cuando queda sin terminar. La respuesta siempre es una: el financiamiento se acabó. Y eso siempre depende de cómo va el negocio. ¿Qué negocio?, ¡El negocio! Aaaah… Mejor no decir nada más que eso.

Noche de jueves y noche de viernes. Empiezan a llegar los micros y combis con turistas, así como los ferrys van y vienen de un lado al otro del estrecho. En su mayor número son españoles, aunque también se escucha alemán, italiano y el inconfundible acento del portugués lusitano. Comento medio en broma a un marroquí que pareciera que el fin de semana los marroquíes viajan a Tarifa y los españoles ahí, a Tánger. Se ríe, lo cual estimo una aprobación de mi comentario.

Hubo otros momentos memorables, no necesariamente relatados en orden cronológico.

Fui viajando a la parte de Tanger Med, la zona portuaria. Ahí a unos pocos minutos está el enclave español Ceuta (Sebta para el irredentismo marroquí). Lo más trágico es que su cercanía es percibida por los migrantes subsaharianos, que ruegan ser llevados al otro lado del portón. Sin éxito vuelven a adentrarse en la parte marroquí, esperando mejor suerte al día siguiente. Es trágico porque sabemos que no la tendrán, ni el siguiente, ni el que sigue, y así…

Yendo más kilómetros, ya no recuerdo para qué dirección (perdone el lector esta seguidilla de imprecisiones geográficas) se ve del otro lado del estrecho el peñón de Gibraltar… ¿Un rompecabezas mal armado?. Ya uno pierde la noción de entre cuantos países se encuentra.



Cierro con uno de los recuerdos más fuertes. Me ubico delante del faro amarillo, lugar ideal para una foto. El agua verdosa el Océano Atlántico se mezcla con el azul del Mediterráneo. Espero que llegue el viento, para volver a sentirme a gusto, en ese estado ideal.

lunes, 19 de agosto de 2013

Activismo instantáneo

Saliendo de la temática habitual de este blog, impresiones de mi visita a la Argentina conectada y acelerada...



Era el típico mensaje estándar que monopoliza muchas cuentas de Facebook en estos años, pero con las variables mínimas que hacen a cada caso. En síntesis, decía algo así: “como agosto es el mes del niño, poné en tu imagen de perfil una foto tuya de cuando eras niño”. Recordé que eso ya se había hecho hace unos años atrás y supuse que la persona que lo anunciaba a todo el universo conocido había recibido un mensaje viejo y lo hacía público creyéndolo nuevo. Lo mismo que pasa con las cadenas de mails que anuncian inminentes desastres en nuestra política… inminentes quiere decir primeros meses de 2009 según el calendario conspirafóbico.

Me hizo ruido la seguridad con la cual afirmaron que agosto es el mes del niño. Yo interpreto agosto como el mes elegido por las jugueterías y las cámaras comerciales para vender juguetes, supongo que a un precio más alto que en otras épocas del año. Así como las mismas cámaras de comercio inventaron que junio es el mes de los padres, octubre el de las madres y las empresas de telefonía terminaron de imponer el día del amigo en julio.

En este caso, por suerte, se hablaba de recordar momentos de la infancia, como aquella vez que se rogó que pusiéramos los dibujos animados que mirábamos de chicos. Ahora a nadie se le ocurrió plantear que haciendo eso se homenajea a los niños que padecen algún sufrimiento, o se hace un alegato a favor de los derechos del niño, o que sirve de protesta contra su situación precaria para que las autoridades nacionales/globales (una nebulosa demasiado abarcativa como para identificar algo concreto contra lo cual reclamar - pero siempre percibida como totalmente ajena a uno) lo vean, y entiendan lo malo que es que las cosas estén mal. ¡El Mafaldismo en su máxima expresión! Haciendo memoria, esa fue la impronta que tuvo la “campaña” predecesora; y si alguien se sumó a la “campaña” nueva, probablemente lo haya hecho pensando que la consigna era tácitamente la misma. Eso no lo puedo demostrar.






Se trata de un ejemplo inofensivo, pero me que me preocupa por lo demostrativo que es de algunas nuevas lógicas de interacción social. Esto no es pretender abogar por la abolición de las redes sociales; nos guste o no ya están aquí, forman parte de nuestra interacción social e incluso contribuyen al perfil que nos queremos dar profesionalmente. Sí creo que hay que tener cuidado con las falsas campañas (o el campañismo compulsivo si le quisiéramos poner un nombre). En verdad es triste creer que se participa y forma parte de una buena causa, cuando no queda claro de cuál buena causa se trata. Un niño que sufre una grave enfermedad, no se va a curar porque la gente ponga su foto una y otra vez en Facebook. Hasta me parece morboso. Pero claro, si lo decís, sos la peor basura sobre la faz de la Tierra, así como pareciera que lo fuimos quienes no utilizamos nuestra red predilecta para pronunciarnos oficialmente sobre la muerte mediatizada de algún niño.
En mi caso particular, no creo en milagros. Así que soy sumamente escéptico cuando se anuncian tratamientos milagrosos que van a curar a niños con las peores enfermedades, pero para lo cual, hay que previamente participar en alguna colecta, legitimada por algún canal de televisión. El hecho de verlo desde afuera, me hace sentirlo así; pido perdón por ello.
Cuando alguna chica o chico falta de su hogar, entiendo que se crea en el poder de la web para encontrarlo rápidamente, pero en ese caso se debería aclarar con el mismo ímpetu cuando esa persona aparece, porque de lo contrario se perpetuaría su imagen de ausente y generaría trastornos a la persona y sus allegados, cada vez que a alguien se le ocurra compartir o reenviar esos datos sin molestarse en corroborar la antigüedad del mensaje. Ni que hablar de las “solidarias” acusaciones que se hacen a personas sobre supuestos delitos o terribles hechos cometidos, no sólo sin darle la posibilidad de defenderse, sino sin verificar lo que se está reproduciendo.



Hace unos meses fue asesinada una adolescente en circunstancias que se están investigando. La prensa la sigue matando día a día haciendo de su caso un show televisivo en vivo a toda hora, con dosis iguales de sensiblería y morbo. Pero (y no es que defienda a ultranza al periodismo argentino), también la siguen matando los adolescentes que alegremente teorizan sobre su crimen en redes sociales, o las que comparten sus fotos en esas redes, creyendo haberla conocido o, peor aún, que esa persona sigue viva y es su amiga. El medio siembra el mensaje, y la “red” lo legitima y potencia. Como aquella vez que la “terrible y humillante” derrota argentina en el Mundial de Asados, se convirtió en la más clara demostración de que en la Argentina, los que utilizamos Internet como principal medio de comunicación, pasamos tanto hambre que ya nos olvidamos como era comer.

Y a esa chica la matan como van a matar cuando vuelva a haber un caso similar que acapare las horas en los cada vez más canales de noticias. La ilusión de horizontalidad que genera Internet (eso que se llama 2.0), donde se cree ingenuamente que se pueden discutir los temas que van a ser de agenda de igual a igual con las empresas de medios, se fusiona con el afán de protagonismo. Es el deseo patológico de formar parte de un hecho trascendente por medio de la charlatanería: desde decir tener información de un crimen, hasta jurar haber visto vivo y caminando a un chico muerto en un grave accidente; que en los casos más extremos impulsó el falso testimonio liso y llano, al que algunos incurrieron con la sola motivación de salir dos minutos en televisión.

Hay gente que miente, lamento tener que decir algo tan simple. Alguna con la mala intención de obtener un beneficio, y otra por torpeza o falta de crítica al reproducir un mensaje ajeno. Y eso también se da en las “redes sociales” que tanto fascinan al periodismo.



jueves, 23 de mayo de 2013

De portones azules en las montañas...



Si cada ciudad marroquí va a ser identificada con un color, entonces sin duda el color que le corresponde a Chefchaouen es el azul.

En estos días hice mi segundo viaje a la región del Rif. La primera vez que había ido resultó ser un día nublado, neblinoso e inusualmente frío que no dejó ninguna anécdota memorable. La segunda vez volvió a ser un día nublado, neblinoso y frío, aunque me permití recorrer un poco más. Me insisten con que es inusual; en una ciudad donde la temperatura en verano supuestamente supera los 40°, es raro todavía en primavera seguir teniendo estos días claramente invernales. 



En esa zona uno siente haber cruzado una línea imaginaria donde comienza a hacerse cada vez más fuerte la influencia española. Justamente, es común pasar por localidades en la ruta donde se empiezan a ver carteles en castellano. Aquí la influencia no es tan notoria como en ciudades vecinas, salvo algún cartel en edificios públicos y la gran cantidad de turistas españoles que recorren sus calles con su inconfundible acento. Pero igualmente se siente.

Si el color que define a la ciudad es, como ya dijimos, el azul; el objeto que la caracteriza son las puertas.

Desde la puerta solitaria en la entrada de la ciudad, que le da un carácter onírico a la llegada, hasta las diferentes puertas azules en los lugares visibles de la ciudad. Todas similares entre sí, orgullosas de su “azulidad” dentro de sus correspondientes arcos, pero al mismo tiempo compitiendo por ganar su singularidad y obtener algún retoque o marca (tal vez imperceptible para la mayoría) que la haga destacar sobre las demás. También los grandes portones tienen su protagonismo: todos tienen su nombre y son los puntos de referencia obligados. Además de sus historias… Y tampoco olvidar los portales. Las tres categorías se combinan con calles angostas de piedra y escaleras empinadas, como piezas de un juego de ladrillitos para chicos que se fueron ubicando hasta generar esa forma ya imposible de desarmar.



Es un punto turístico muy visitado, pero para una estadía corta. Las montañas que permiten ver la ciudad desde distintos ángulos, la Medina, mucho más tranquila que la de otras ciudades. Se nota un impulso tendiente, a convertirla en punto de eventos culturales y festivales internacionales de diversas artes lo cual espero que se logre, porque sería un entorno ameno y amigable.

Pero la ciudad es pequeña, sin dudas, desde un buen mirador, se la puede ver en su totalidad. También me habían señalado que, a diferencia de otros puntos turísticos, es una ciudad “muy religiosa”. Tal vez sea una percepción muy personal de quien me lo dijo. Pero es cierto que vi que los lugares que venden bebidas alcohólicas lo hacen a precios realmente prohibitivos, lo que acá es siempre una pauta a tener en cuenta.  Aquí sucedió un hecho puntual: a las cuatro de la mañana fui despertado por el llamado de los muezzin a la oración. Lo digo en plural, porque eran varios llamados en simultáneo que dado lo pequeña de la ciudad, se convirtió en algo similar al canto de un coro. Fue llamativo porque desde que recorro países musulmanes no me había pasado nunca ni el ser despertado de esa manera, ni sentirme impactado por eso. No se si era el viaje largo y el consiguiente mal sueño, o que estaba predispuesto por lo que me habían dicho, o que la ciudad generó un efecto espiritual en mí.

Esto no es frecuente, así que los pondré al tanto si eso me sigue pasando…


jueves, 4 de abril de 2013

Finalmente, Casablanca…



Si les digo que estuve en Casablanca, la mayoría de los lectores de esta frase van a pensar en la película. Incluso es probable que estén tarareando la musiquita famosa. Después me doy cuenta que el hecho de estar suponiendo esto, significa que yo también hice esa asimilación mental. Para calmar a los ansiosos, les digo que sí, que sí existe el Rick’s Café, o al menos un clon medianamente convincente para quienes quieran refugiarse en un ensueño fílmico. Quien quiera pagar por unas horas de ilusión, puede hacerlo. No lo digo burlándome ni haciéndome el superado, yo pienso ir algún día.

Ahora que me saqué de encima la referencia obligada puedo seguir contando como fue la experiencia en general. 


Durante tres meses en Rabat (saliendo muy poco de mi barrio cosmopolita Agdal), me llegaban impresiones de lo que podría ser Casablanca: tenía en mente la rivalidad futbolística que, como sabemos bien, muchas veces es solo el trasfondo de rivalidades mayores. A partir de esto, salir de Rabat y empezar a ver carteles que señalen las rutas a Casablanca, sin que alguien hubiera escrito en aerosol la infaltable palabra “puta” debajo de ese nombre tan hispano era señal de ir acercándose a una zona de influencia distinta.

Casablanca es, en el sentido económico, la ciudad más importante del país. Centro económico-financiero del país, así como centro portuario y aeroportuario. Esto influye en su paisaje de grandes edificios y torres. Pero a todo esto, se le debe sumar que, por ser una ciudad costera, una serie considerable de atractivos turísticos en la playa, y una diversidad agradable de espectáculos culturales, cafés y restaurantes. Además encontramos shoppings, cines, hoteles a diferentes precios, cadenas internaciones de comida y diversos signos de modernidad consumista. Todo esto se mezcla con lo clásico y antiguo. Los edificios imponentes y locales modernos, se mezclan constantemente con las viejas construcciones tradicionales o los resabios de la colonización francesa, en una distribución que (al menos en las primeras impresiones) parece azarosa. Los contrastes se pueden definir tanto como “fascinante fusión de estilos y culturas” o como “kitsch”; la definición es a gusto de cada visitante.

La ciudad me hizo acordar en algo a Buenos Aires: los sentimientos encontrados. El tener todo lo que me gusta (o me puede gustar) a mi alcance, con el bullicio constante, las multitudes insoportables, la calles incruzables y los embotellamientos perpetuos. Lo amigable y lo detestable como dos caras de una misma moneda, impidiendo definir si amo u odio ese lugar. Pero esa misma ambivalencia parecen sentirla también los propios marroquíes, así que no debo sentirla como un vicio de viajero.


Un punto que se ha convertido en un emblema de la ciudad es la mezquita Hassan II. Situada casi en la costa, es tan imponente que se empieza a hacer visible a medida que uno se adentra en la ciudad. Es la mezquita más grande de África, y una de las más grandes del mundo árabe, solo después de La Meca y (tal vez) la mezquita de El Cairo. Al preguntar por su antigüedad, me entero que es una construcción moderna: fue construida a principios de los años ’90, durante el reinado del monarca que le da su nombre. Rodeada por una biblioteca, centros culturales y de estudios religiosos, el aire marino le confiere una sensación de tranquilidad que ameniza toda visita, a pesar de la arena que cada tanto suele volar.